Me pasó en el 2022. Parroquia de barrio popular, Lima Norte. Sacerdote de cuarenta y cinco años —llamémoslo padre Javier— con veinte años de ordenación. Sacramentos administrados, misas diarias, visitas a enfermos, comedor popular que alimentaba a cien personas. Pero cuando lo conocí, estaba en retiro espiritual forzado. No por falta de fe. Por agotamiento de vínculo.
«He absuelto a miles, he unido a cientos en matrimonio, he acompañado a decenas en la muerte. Y en la madrugada, cuando termino, no sé si algo de eso llegó. Los mismos vuelven con los mismos pecados. Los matrimonios se separan igual. Los que morían, ¿se fueron en paz? No lo sé. Yo doy, pero no sé si doy bien. Y nadie me pregunta si yo estoy bien. Ni el obispo, ni los feligreses, ni yo mismo ante Dios. Solo doy, y doy, y doy.»
Padre Javier estaba en ZIE roja crónica: Zona de Interacción Equilibrada rota no por falta de vocación, sino por asimetría de cuidado pastoral. Subjectivizaba perfectamente a sus feligreses: escuchaba confesiones, identificaba necesidades, acompañaba dolores. Intencionaba con entrega: administraba sacramentos, predicaba, visitaba, gestionaba obras. Pero no retroalimentaba: no verificaba si su cuidado espiritual llegaba como tal, ni recibía cuidado comunitario que validara su propio sacrificio. La iglesia, como institución, es asimétrica por diseño: da gracia, pero no siempre recibe gratitud ni contención.
Esto me llevó a releer la paradoja de la malevolencia de Figueroa (2026): no que padre Javier dañara, sino que el sistema pastoral, al no cerrar el circuito de cuidado, genera daño colateral en quienes lo habitan. Y a preguntarme: ¿por qué las iglesias pierden vocaciones justo cuando más las necesitan? ¿Por qué el feligrés se aleja, se vuelve pasivo, o encuentra en otras comunidades lo que no halla en la suya?
El mito del sacerdote inagotable
La cultura eclesial católica glorifica al pastor «entregado»: el que no se guarda nada, no cuenta sus fatigas, mantiene «disponibilidad» total. Esta narrativa, aparentemente de santidad, esconde una trampa: confunde la donación generosa con la autoanulación. El sacerdote se convierte en administrador de gracia sin rostro, en acompañante que no es acompañado.
Pero la Teoría Dasbien es clara: toda relación sostenible requiere bienestar mutuo medido por ambas partes (Figueroa, 2025). Y la relación pastor-feligrés, aunque asimétrica por vocación, no está exenta. El feligrés necesita sentir que su fe es acompañada, no solo administrada. Y el pastor, para sostener la capacidad de cuidar espiritualmente, necesita sentir que su entrega tiene sentido y es reconocida.
Cuando esto falla, aparece lo que Figueroa describe como ZIE roja por asimetría crónica: el cuidador (sacerdote) agota su reserva sin recarga. El receptor (feligrés) satisface su necesidad inmediata (sacramento, consejo, auxilio) pero no construye comunión relacional: no hay vínculo que lo retenga cuando la fe se pruebe, o cuando aparezca otra oferta espiritual.
Padre Javier tenía sacramentos administrados, pero no discípulos formados. Tenía obras sociales, pero no comunidad que sostuviera al sostenedor.
Los tres síntomas de ZIE roja pastoral
Basado en casos como padre Javier, propongo señales detectables antes del abandono de la vocación o la secularización del feligrés:
| Síntoma | Indicador | Lo que la iglesia no ve |
| Sacerdote «autómata» | Celebraciones correctas, pero sin variación, sin encuentro personal, sin presencia emocional | El pastor se ha desconectado para protegerse; la ZIE se rompe por exceso de entrega sin retorno |
| Feligrés pasivo o migrante | Asistentes que no comprometen, que no ofrendan tiempo, que encuentran «más espiritualidad» en redes o cursos externos | El cuidado pastoral llega como servicio, no como vínculo; no hay retroalimentación de recepción |
| Aislamiento del presbítero | No habla con compañeros sacerdotes, no tiene director espiritual, no comparte su carga humana | Ha aprendido que la institución no responde al dolor del pastor; el sufrimiento se vuelve invisible y vergonzante |
Padre Javier tenía los tres. Pero la parroquia solo midió: misas celebradas, sacramentos administrados, obras sociales atendidas.
Intervención: reconstruir la ZIE en pastoral
En otra parroquia, similar en recursos pero distinta en cultura comunitaria, apliqué un protocolo DASBIEN adaptado al contexto eclesial:
- Subjectivizar al feligrés: la conversación de «qué busca» No solo confesión o petición de servicio, sino encuentro de escucha: el pastor pregunta, en la misma visita o en el confesionario, «¿Qué necesita de Dios hoy? ¿Qué significaría para usted sentirse acompañado por esta comunidad?»
Respuestas que no aparecen en censos parroquiales: «Que alguien se acuerde de mi nombre», «Que mi dolor no sea solo mío», «Que haya alguien que ore cuando yo no puedo». Información que cambia la pastoral: de administrativa a relacional, de masiva a personalizada.
- Intencionar ajustes específicos: el grupo de cuidado mutuo Con el consejo parroquial, diseñamos cambios pequeños pero nombrados: equipos de laicos que acompañen al pastor en visitas, no como ayudantes, como co-cuidadores; grupos de oración donde el sacerdote pueda decir «hoy necesito que oren por mí»; espacios de encuentro mensual donde el pastor sea feligrés también, no solo ministro.
No es clericalismo invertido. Es intencionalidad ajustada: el pastor puede ser persona sin dejar de ser sacerdote, y esa persona visibiliza el cuidado mutuo.
- Retroalimentar sistemáticamente: la pregunta de cierre En cada celebración principal, misma pregunta: «¿Fue escuchado lo que trajeron hoy? ¿Necesitamos ajustar algo para que este sea más su lugar?» Y para el pastor: «¿Este mes nos dejó algo que necesitemos hablar? ¿Quién me acompaña en esto?»
El resultado: en un año, grupos de laicos crecieron 50%, no porque hubiera más actividades, sino porque había más vínculo. Y padre Javier, en esta parroquia, reportó: «Ahora sé que cuando doy, alguien da por mí. No estoy solo en la entrega.»
Propuesta para iglesias: tres prácticas de ZIE
Primera: el «feligrés referente» del pastor
Designar un laico que siga al sacerdote espiritualmente, que pregunte «¿cómo está?» regularmente, que sea verificador de bienestar pastoral: no como «espía», sino como hermano que cuida al cuidador.
Segunda: la «pausa de humanidad» obligatoria
En cada semana, hora de encuentro de presbíteros o de laicos con el pastor: no para operativos, para almas. «¿Qué nos dejó Dios esta semana? ¿Qué nos costó?» —y permitir que el pastor diga «estoy seco» sin perder autoridad espiritual.
Tercera: el registro de cuidado recíproco
Documentar no solo sacramentos, sino encuentros de cuidado detectados: quién acompañó a quién, quién oró por el pastor, quién resistió con fe un momento difícil. Nombrar esto en la homilía. Hacer visible lo invisible.
Cierre: la iglesia que padre Javier no tuvo
Padre Javier no volvió a la parroquia anterior. Quedó en tareas administrativas, lejos del altar, lejos de los enfermos. Me dijo: «Extraño la misa, el confesionario, el barrio. Pero allá nadie me cuidaba. Aquí al menos no me consumo.»
La iglesia lo perdió no por falta de vocación. Por falta de ZIE institucional. Por creer que un buen sacerdote es uno que no necesita ser acompañado. Por confundir entrega con autoanulación.
La Teoría Dasbien nos ofrece una salida. No exigiendo que el pastor sea terapeuta, sino relación: subjectivizar al feligrés como sujeto que necesita ser escuchado, intencionar ajustes que reconecten gracia y comunidad, retroalimentar sistemáticamente para cerrar el circuito de cuidado.
Las iglesias que quieran ser realmente comunidades de fe —no solo administradoras de sacramentos— necesitan incorporar esta dimensión. Antes de que otro padre Javier se vaya a la oficina, y antes de que los fieles encuentren su espiritualidad en otros lados.