Dar bien, no solo dar mucho: el arte de la obra de misericordia que verdaderamente llega

¿Es posible hacer el bien y que el otro no lo reciba? ¿Puede un gesto generoso quedarse a medio camino? Esta reflexión explora por qué la intención no siempre es suficiente, y cómo el Evangelio nos invita a un amor más concreto, más humano y más eficaz.

  1. Rodrigo Salas Jiménez

Sacerdote diocesano · Responsable de Pastoral Social

Lleva dieciséis años acompañando comunidades en zonas periurbanas. Cree que el Evangelio es, entre otras cosas, el manual de instrucciones del amor bien hecho.


«¿Qué quieres que haga por ti?»  — Marcos 10, 51

 

Recuerdo un diciembre de hace varios años. La parroquia había organizado una colecta navideña espléndida: ropa de buena calidad, juguetes casi nuevos, canastas de alimentos. Lo habíamos planeado con semanas de anticipación. Llegamos al asentamiento con tres camionetas y mucho entusiasmo.

Lo que nadie había preguntado era qué necesitaban ellos.

Los juguetes eran para niños de entre tres y ocho años. En esa zona había más adolescentes que niños pequeños. La ropa de abrigo llegó en pleno verano costeño. Las canastas incluían harinas y conservas que nadie sabía cómo preparar, porque casi todas las familias comían en función de lo que llegaba del campo ese día.

No fue ingratitud de su parte. Fue nuestra falta de atención. Habíamos dado mucho. Pero no habíamos dado bien.

Ese diciembre me enseñó algo que el Evangelio siempre supo pero que yo tardé en comprender: la generosidad sin conocimiento del otro no es todavía amor. Es voluntad de amar, que es un comienzo precioso, pero que sola no alcanza.

La pregunta que Jesús hacía antes de actuar

Hay una escena del Evangelio que a mí me parece casi una lección metodológica disfrazada de milagro. Bartimeo, ciego de nacimiento, está al borde del camino. Grita. La gente lo manda callar. Él grita más fuerte. Jesús se detiene y le pregunta algo que, en apariencia, sobra:

«¿Qué quieres que haga por ti?»  — Marcos 10, 51

Es evidente que Bartimeo quiere ver. Jesús lo sabe. Y sin embargo pregunta. ¿Por qué?

Porque la pregunta no es solo sobre la vista. Es sobre la persona. Es el gesto de quien dice: «No vengo a ti con una solución preparada de antemano. Vengo a escucharte. Lo que yo creo que necesitas puede no ser lo que tú necesitas. Cuéntame.»

Esta actitud aparece una y otra vez en el ministerio de Jesús. Cuando los discípulos quieren mandar a la gente a los pueblos a buscar comida, él pregunta primero cuántos panes tienen ellos. Cuando la samaritana llega al pozo, no le predica de entrada: le habla, la conoce, la deja hablar. Cuando llega a la casa de Zaqueo, no le dice qué tiene que hacer: se sienta a comer con él, y es Zaqueo quien, desde ese encuentro, decide restituir lo robado.

Jesús subjetiviza, diríamos hoy con lenguaje contemporáneo: descubre qué es bueno para cada persona según el mundo interior de esa persona, no según el mundo interior de quien da.

Hacer el bien empieza por conocer al otro. Antes de dar, escuchar. Antes de actuar, preguntar.

El problema de la caridad bien intencionada

El filósofo y activista Ivan Illich, en una conferencia que se hizo famosa entre quienes trabajan en desarrollo comunitario, advirtió algo incómodo: que la ayuda que no parte del conocimiento genuino del otro puede ser, sin quererlo, una forma de violencia simbólica. No porque quien ayuda sea malo, sino porque impone su visión del bien sobre la realidad del que recibe (Illich, 1968).

Illich lo decía en el contexto de la cooperación internacional, pero la advertencia vale igual para la parroquia del barrio. Cuando decidimos por el otro qué necesita, qué le conviene, qué le hará bien, sin consultarle, lo tratamos como objeto de nuestra generosidad, no como sujeto de su propia vida.

El sociólogo Robert Lupton, que pasó décadas trabajando en comunidades empobrecidas en Atlanta, documentó en su libro Toxic Charity (2011) algo que muchos agentes pastorales han vivido sin saber cómo nombrarlo: la ayuda repetida, no consultada y no orientada a la autonomía termina generando dependencia, infantilización y, paradójicamente, resentimiento en quienes la reciben. Porque nadie quiere ser objeto permanente de la compasión ajena. Las personas quieren dignidad, no solo comida.

Esto no significa que haya que llenar formularios antes de ayudar a alguien que se cae en la calle. Significa que la acción caritativa sostenida, la que construye comunidad, la que transforma vidas, requiere un paso previo que a menudo saltamos: conocer de verdad a quien va a recibir lo que damos.

«Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era forastero y me acogieron.»  — Mateo 25, 35

Nótese el detalle: el texto no dice «pensé que tenían hambre». Dice que había hambre real, vista, reconocida. La obra de misericordia del Evangelio parte de la realidad del otro, no de la suposición del que da.

Tres pasos para que el bien llegue de verdad

En los últimos años he encontrado útil un marco que viene de la psicología y la teoría del bienestar, desarrollado por el investigador Andy Figueroa Cárdenas (2025), que describe el amor como una acción con tres momentos necesarios. Lo llama el «triángulo del amor». No lo uso porque reemplace al Evangelio, sino porque lo aclara con un lenguaje que a muchos laicos les resulta fácil de recordar y aplicar.

El triángulo propone que una acción de amor genuino requiere: primero, conocer qué es bueno para el receptor según su propio mundo interior —a esto lo llama subjetivar—; segundo, dar ese bien con intención clara —intencionar—; y tercero, verificar que el bien llegó de verdad —retroalimentar—. Si alguno de los tres pasos falta, la acción, por generosa que sea, no es todavía amor completo.

Lo interesante es que este esquema, formulado en lenguaje contemporáneo, es exactamente lo que Jesús practicó. Y es también lo que los grandes santos de la acción caritativa encarnaron, cada uno a su manera.

El triángulo del amor en el Evangelio y en la práctica pastoral

PASO EN EL EVANGELIO EN LA PRÁCTICA DE HOY
① Subjetivar (conocer al otro) «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10,51) — Jesús pregunta antes de actuar. Preguntar, observar, escuchar lo que la persona realmente necesita, no lo que suponemos.
② Intencionar (dar a propósito) «Compadecido, extendió la mano y lo tocó» (Mc 1,41) — acción concreta, intencionada. Dar algo específico, elegido para esa persona, con el propósito de que le haga bien.
③ Retroalimentar (verificar que llegó) «¿Qué les dijo él? ¿Volvieron los diez?» (Lc 17,17) — Jesús nota quién regresa a confirmar. Preguntar si lo que dimos ayudó. Ajustar si no. No dar por sentado que el bien llegó.

Fuente: Figueroa Cárdenas (2025), adaptado para contexto pastoral. Citas bíblicas: Biblia de Jerusalén, 2009.

Historias de santos que preguntaron antes de dar

Santa Teresa de Calcuta es quizás el nombre más inmediato cuando pensamos en caridad radical. Pero lo que menos se suele contar de su método es que sus hermanas tenían instrucciones explícitas de sentarse con el moribundo, mirarlo a los ojos y acompañarlo, antes de hacer nada más. No llegar con el protocolo. Llegar con la presencia. «Primero amor, luego servicio», solía decir. El servicio sin el amor previo, sin el conocimiento de la persona concreta, era para ella casi un insulto a la dignidad del otro (González Balado, 1996).

San Francisco de Asís, antes de reformar la Iglesia, abrazó al leproso. No le preguntó qué necesitaba en términos abstractos: le dio lo que todo ser humano necesita antes que ningún bien material, que es ser reconocido como persona. El abrazo fue la subjetivización más radical posible: «Tú existes. Te veo. Importas.»

San Alberto Hurtado, el jesuita chileno canonizado en 2005, es conocido por haber fundado el Hogar de Cristo para personas en situación de calle. Lo que a veces se olvida es que antes de fundar nada, pasó meses visitando barriadas, conversando, escuchando. Su biógrafos relatan que irritaba a algunos por lo lento de su proceso de observación. Él respondía: «No quiero fundar algo para los pobres. Quiero fundar algo con los pobres, que es distinto» (Correa, 2004).

Tres santos, tres estilos, tres épocas. Los tres practicaron lo mismo: conocer antes de dar.

La caridad bien hecha no es solo generosa. Es atenta, concreta, verificable. Es la diferencia entre sentirse bueno y hacer el bien.

El peligro de dar para sentirse bien

Aquí conviene una honestidad incómoda, que el mismo Jesús no esquivó. En el Sermón de la Montaña hay una advertencia que suena fuerte pero que es necesaria:

«Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Cuando, pues, hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas…»  — Mateo 6, 1-2

El problema que Jesús señala no es que las obras se vean, sino que se hagan para verse. La diferencia es sutil pero decisiva: si el propósito real es la aprobación, la sensación de bondad, el alivio de la culpa propia, entonces lo que llamamos «obra de misericordia» tiene como receptor verdadero no al otro, sino a nosotros mismos.

El psicólogo Daniel Batson, de la Universidad de Kansas, ha investigado durante décadas la diferencia entre lo que llama «altruismo» y «pseudoaltruismo». Su conclusión es que muchos actos aparentemente generosos están motivados, al menos en parte, por la necesidad de reducir el malestar propio frente al sufrimiento ajeno. Damos, en parte, para dejar de sentirnos mal por no dar. Eso no invalida el acto, pero lo limita: porque si el motivo es callar la incomodidad propia, en cuanto esa incomodidad cese, el impulso de dar también cesa (Batson, 1991).

El amor evangélico, en cambio, tiene otro centro de gravedad: el bien del otro. No el alivio propio. Y para saber si el otro recibió bien, hay que preguntar, observar, regresar. Hay que hacer el tercer paso del triángulo: retroalimentar.

Regresando al ejemplo de Bartimeo: la escena no termina con el milagro. Termina con Bartimeo siguiendo a Jesús por el camino. Hay continuidad. Hay relación. Hay verificación implícita de que algo verdadero ocurrió. El Evangelio raramente nos muestra a Jesús dando y marchándose. Casi siempre hay un después.

Para la comunidad: cinco preguntas que transforman las obras de misericordia

Estas preguntas no son para complicar la acción pastoral. Son para hacerla más efectiva y más fiel al Evangelio. Pueden usarse en grupos de catequesis, en reuniones de Cáritas, en charlas de preparación para voluntarios, o simplemente como examen de conciencia personal antes de una acción de ayuda.

  • ¿Sabemos qué necesitan, o suponemos? ¿Cuándo fue la última vez que alguien de nuestra comunidad se sentó con las personas a quienes queremos ayudar y les preguntó directamente qué les haría bien?
  • ¿Damos lo que tenemos o lo que el otro necesita? A veces donamos lo que nos sobra, no lo que al otro le hace falta. Eso dice algo de nuestra comodidad, no de nuestro amor.
  • ¿Verificamos que el bien llegó? ¿Existe algún mecanismo en nuestra parroquia para saber si lo que damos realmente ayuda, o damos y nos olvidamos?
  • ¿Construimos autonomía o dependencia? Una obra de misericordia bien orientada no crea personas que dependen permanentemente de nosotros. Crea condiciones para que el otro pueda sostenerse. ¿La nuestra lo hace?
  • ¿Tratamos al otro como sujeto o como objeto? ¿Sabe el nombre la persona que recibe nuestra ayuda? ¿Sabemos el suyo? ¿O somos «los de la parroquia» y ellos «los pobres»?

Estas preguntas no tienen respuesta perfecta. Las hago en mi propia comunidad y raramente salimos bien parados. Pero hacerlas es ya una forma de amor: la disposición a mirar de verdad lo que estamos haciendo, para hacerlo mejor.

El don que sí llegó

Termino donde empecé. Ese diciembre de las camionetas mal cargadas no fue el último. El año siguiente volvimos al mismo asentamiento. Pero esta vez fuimos primero, en mayo, sin traer nada. Solo a escuchar.

Nos enteramos de que los adolescentes necesitaban materiales para estudiar, que varias madres querían aprender a preparar conservas para no depender del mercado, que el mayor problema del barrio no era la comida sino la iluminación: los niños no podían estudiar de noche porque no había luz en las calles.

En diciembre llegamos con material escolar, con un taller de conservas que duró tres sábados, y con gestiones municipales para iluminación. No fue glamoroso. No llenó tres camionetas. Pero cuando nos fuimos, una señora mayor nos tomó la mano y dijo algo que guardo desde entonces:

«Este año sí vinieron a ayudarnos. El año pasado vinieron a sentirse bien.»

No lo dijo con crueldad. Lo dijo con precisión. Y tenía razón.

La diferencia entre un gesto generoso y una obra de misericordia que transforma no está en el tamaño de lo que se da. Está en si quien recibe sintió que lo vieron como persona. Que alguien se detuvo, preguntó, escuchó, y luego actuó en función de lo escuchado. Que el bien que llegó fue el bien que se necesitaba, no el bien que se tenía ganas de dar.

Eso es lo que el Evangelio llama amor. No el sentimiento. No el impulso. El acto concreto, verificado, recibido. El bien dado según el mundo del que recibe, no según el mundo del que da.

Como decía Bartimeo: quiero ver. Y Jesús, antes de actuar, quiso saber exactamente eso.

Para la reunión de comunidad

Preguntas para compartir en grupos pequeños:

  1. ¿Recuerdas alguna vez que alguien te ayudó de una manera que de verdad llegó? ¿Qué hizo diferente esa persona?
  2. ¿Y alguna vez en que alguien quiso ayudarte pero la ayuda no llegó? ¿Qué faltó?
  3. En las obras que hacemos como comunidad, ¿cuándo fue la última vez que le preguntamos a los destinatarios si nuestra ayuda les sirve?
  4. ¿Hay algo en lo que damos que en realidad decimos más de nosotros que de ellos?

 

Referencias

Batson, C. D. (1991). The Altruism Question: Toward a Social-Psychological Answer. Lawrence Erlbaum Associates.

Biblia de Jerusalén (2009). Desclée De Brouwer.

Correa, R. (2004). Alberto Hurtado: Un hombre de Dios. Ediciones Universidad Católica de Chile.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2025). Theory of Dasbien Life. Editorial Tecnologías Dasbien.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2018). Lo Bueno. Editorial Tecnologías Dasbien.

González Balado, J. L. (1996). Teresa de Calcuta: su vida, su obra, su mensaje. San Pablo.

Illich, I. (1968). To Hell with Good Intentions. Conferencia presentada ante la Conferencia Interamericana de Voluntarios para el Servicio, Cuernavaca, México.

Lupton, R. D. (2011). Toxic Charity: How Churches and Charities Hurt Those They Help (And How to Reverse It). HarperOne.

Papa Francisco. (2016). Amoris Laetitia. Exhortación apostólica post-sinodal. Libreria Editrice Vaticana.

Papa Francisco. (2013). Evangelii Gaudium. Exhortación apostólica. Libreria Editrice Vaticana.

 

Sobre el autor

El P. Rodrigo Salas Jiménez es sacerdote diocesano con dieciséis años de experiencia en pastoral social y acompañamiento de comunidades en zonas periurbanas. Ha coordinado programas de voluntariado, formación de catequistas y proyectos de desarrollo comunitario en parroquias de Lima y el Callao. Su trabajo combina la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia con herramientas contemporáneas de psicología del vínculo y bienestar comunitario. Publica regularmente en boletines diocesanos y ha sido ponente en encuentros nacionales de Pastoral Social. Cree que el mandato evangélico del amor al prójimo es, bien entendido, el programa de bienestar más completo que existe.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *